YEMEN: EL AVANCE DE ANSAR ALÁ Y EL COSTO DE UNA DÉCADA DE INJERENCIA OCCIDENTAL

En apenas dos semanas, Ansar Alá completó el control del estrecho de Bab el-Mandeb, tomó la ciudad portuaria de Mokha, ocupó las islas Hanish mayor y menor en el mar Rojo, y avanzó sobre la provincia de Taiz frente a un colapso casi total de las fuerzas leales al gobierno reconocido internacionalmente. Es el movimiento territorial más significativo en cinco años de guerra civil yemenita. Para entender por qué ese avance fue tan rápido, y por qué ocurre justo ahora, hay que mirar más allá del mapa militar y revisar una década de decisiones tomadas en Washington, Londres y Riad.

Un avance que no sorprende desde Saná

Desde la perspectiva de Ansar Alá, lo que está ocurriendo no es una ofensiva expansionista sino la recuperación de soberanía territorial. Hezam Al Asad, miembro del buró político del movimiento, lo planteó en esos términos exactos ante los medios: la costa occidental es territorio yemenita y las fuerzas de Saná tienen derecho a recuperarla de manos de tropas respaldadas por Arabia Saudita. Es una lectura consistente con cómo Ansar Alá se presenta desde su origen como movimiento zaidí del norte de Yemen: no como una milicia proxy, sino como el heredero de una resistencia contra siglos de marginación política del Yemen septentrional y, más recientemente, contra una intervención extranjera que ellos leen como neocolonial.

La velocidad del avance se explica, ante todo, por el colapso interno del bando contrario. Las fuerzas del Gobierno Internacionalmente Reconocido llevan años fracturadas entre facciones con agendas distintas —el Consejo de Transición del Sur, con proyecto secesionista propio, y las fuerzas leales al presidente Al-Alimi, entre otras—, una división que analistas de la región señalan como el principal factor que impidió cualquier resistencia organizada frente al empuje de Ansar Alá en la costa occidental. A eso se suma el desgaste de una coalición saudí que después de una década de guerra no logró ni la victoria militar ni una salida política, y que hoy enfrenta un escenario regional mucho más complejo, con el estrecho de Ormuz bajo tensión permanente y una guerra en curso entre Israel, Irán y Estados Unidos que dispersa la atención y los recursos de todos los actores externos.

La injerencia que preparó el terreno

Nada de esto se entiende sin repasar el rol que jugaron las potencias occidentales desde 2015. Estados Unidos y el Reino Unido sostuvieron durante años la ofensiva saudí con inteligencia, reabastecimiento en vuelo y, sobre todo, con la venta sostenida de armamento —cazas, bombas guiadas, misiles— que terminó utilizado contra población civil yemenita, de acuerdo con múltiples informes de organismos de derechos humanos. Washington y Londres no fueron espectadores de esta guerra: fueron proveedores directos de su capacidad destructiva, mientras al mismo tiempo se presentaban ante la opinión pública internacional como garantes de estabilidad regional.

El resultado de esa política es hoy la crisis humanitaria más severa del planeta: millones de personas en necesidad de asistencia, un país con buena parte de su infraestructura sanitaria y educativa destruida, y una población que en los últimos años atravesó además el retiro de organismos internacionales de asistencia alimentaria en zonas bajo control de Ansar Alá, agravando aún más una situación ya límite. El bloqueo económico y comercial impuesto sobre el país —que Al Asad denunció públicamente y sobre el que advirtió con una eventual escalada si Riad no lo levanta— es otro capítulo de esa misma lógica: castigar económicamente a la población para debilitar políticamente a quien controla el territorio.

Es esa acumulación de una década —bombardeos con armamento occidental, bloqueo, fragmentación deliberada o tolerada del bando rival, desatención mediática de un conflicto que Naciones Unidas calificó reiteradamente como catástrofe humanitaria— la que explica por qué Ansar Alá encuentra hoy tan poca resistencia efectiva en el terreno. No se trata solo de una correlación de fuerzas militares favorable en este momento puntual, sino del fracaso estructural de un proyecto de intervención que, durante años, apostó a sostener militarmente un bando incapaz de gobernar y de cohesionarse políticamente.

Una lectura regional, no occidental

Leído desde Occidente, el avance de Ansar Alá suele reducirse a la etiqueta de “milicia proxy iraní” que amenaza la navegación internacional por el mar Rojo, un encuadre que la propia dirigencia del movimiento rechaza y que además simplifica una dinámica bastante más compleja. Leído desde la región, en cambio, se trata de una fuerza local con arraigo social real —los propios funcionarios yemenitas hablan de un despliegue recibido con apoyo de la población en la costa occidental— que capitaliza el desgaste de un proyecto de intervención extranjera que nunca logró instalar una alternativa de gobierno viable ni, mucho menos, la paz que prometía.

El estrecho de Bab el-Mandeb, hoy bajo control efectivo de Ansar Alá, es una de las arterias comerciales más sensibles del planeta. Lo que ocurra en las próximas semanas —una nueva escalada saudí, un intento de negociación, o la consolidación territorial del movimiento— tendrá consecuencias que exceden largamente las fronteras de Yemen. Pero para dimensionar ese escenario con precisión, hace falta partir de una premisa que rara vez aparece en la cobertura internacional: este desenlace no es un accidente reciente, sino la consecuencia directa y previsible de una década de decisiones tomadas fuera de Yemen.

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